martes, 28 de mayo de 2013

Valor social y académico de la evaluación


La evaluación educativa y los conceptos que la van definiendo (rendimiento, calificación, acreditación) es un constructo social y por tanto, un invento, una invención susceptible de cambio, al que se le dan usos ideológicos y políticos, confundidos con los usos educativos. Como tal constructo, viene a imponer un cierto carácter disciplinar, digamos, respecto a los miembros de la comunidad educativa, estableciendo entre sus miembros una entente cordiale de velado entendimiento, más debida a la conveniencia y a la fuerza de la inercia que produce lo consuetudinario que a una voluntad y unos intereses definidos de dejar las cosas como están. Esto lleva a una actitud inmovilista y conservadora en las formas de evaluar.

En este sentido, la perspectiva básica de valor del profesor ( evaluar consiste  en atribuir valor a algo) está fuertemente condicionada por los valores, comportamientos y formas de hacer del colectivo docente al que pertenece y a la posición social que simbólicamente representa, que no quiere decir que sea la propia.

Un análisis del lenguaje que utilizan los docentes para comunicar los resultados de sus evaluaciones nos revela que está más al servicio de otros intereses, informan más a otros estamentos y a otras personas ajenas a la inmediatez del aula, otros son los destinatarios por más que en la superficie aparezcan los alumnos como los primeros beneficiados.

Como constructo social, debe tenerse en cuenta que son muchos los determinantes sociales, históricos políticos y epistemológicos que “conforman” un modo particular de ver la evaluación, entendida como medida del rendimiento académico y concretada en una nota, como algo natural y, como tal, inmutable.
El discurso político sobre la educación, transforma lo que debe ser prioritariamente una cuestión moral en un rompecabezas técnico. Surge así la preocupación por la eficacia, la conveniencia, la necesidad sociolaboral,  la imperiosa selectividad...pero nada se dice sobre el tipo de conocimiento que se evalúa y sobre cuál, además de las técnicas normalmente inapropiadas empleadas, se sacan conclusiones, se toman decisiones que no tienen que ver con la intención formativa que se propone en el proceso educativo.

Podemos llegar a comprender la importancia social tan grande que tiene la evaluación, importancia que da sentido y refuerza la propia que desempeña en el sistema educativo, identificándose y confundiéndose con ella.

La evaluación como producto ideológico de consumo: apuntes para un análisis crítico del valor social de la evaluación.

Existen fuertes contradicciones en los documentos oficiales que legitiman las prácticas de la evaluación. Lo que evidencia tales contradicciones es que la evaluación viene a ser el cruce de caminos donde se manifiestan las contradicciones de distinto orden  y de distinto valor que se dan en el sistema educativo, social, económico y político. La evaluación para la educación ve truncado su camino y su propósito para convertirse en “educación para la evaluación”, en una institución deformadora de la misma.

Entre el sistema educativo y la organización social, se abre una brecha que sólo los más atrevidos, que suelen ser los más comprometidos ideológica y socialmente, intentan o se atreven a cerrar.

El Poder sabe que una vez dicho se libera de sus propias responsabilidades y sabe también que aprovechará el empeño y el esfuerzo que los profesores realizan en sus aulas para hacer cumplir estas funciones bipolares, ambiguas y excluyentes.
Aprovechar el mismo y único acto de evaluar, que debe tener como principal objetivo educativo la búsqueda de conocimiento, para ayudar y orientar a formar a los sujetos comprometidos en un proceso de formación, para utilizarlo con fines de selección y de acreditación hace que aquella primera intención educativa pierda su sentido.

La mediación del análisis crítico no consiste tanto en resolver lo que se resiste a soluciones imposibles sino en sacar a la luz las razones subyacentes que las sostienen.

En los discursos de quienes están en el poder se plantean objetivos curriculares de orden cognitivo, social y moral “que les permitirán (a los alumnos) desarrollarse de forma equilibrada e incorporarse a la Sociedad con autonomía y responsabilidad”, sin embargo, la realidad muestra lo contrario, la función de la evaluación formalizada del aula es de exclusión y eliminación.

Por otro lado, se encuentran las necesidades, intereses, dedicación y expectativas de: empresarios, profesores, padres, políticos, alumnos; todos ellos muy distintos y compatiblemente diferentes.

Se ignora o no hay conciencia del papel selectivo de la evaluación por parte de quienes ejercen la evaluación en el aula.

Lo grave de la situación económico-laboral es que, de ser una educación centrada en el sujeto que aprende y se forma, se está pasando, por necesidades de mercado y por necesidades de empleo, a una educación que mira o se centra en las necesidades del empleador, cuestión que incide en el discurso político que hace ver esta situación desde un punto de vista tecnocrático-funcionalista, como la menos mala, la situación inevitable  a la que nos vemos abocados.

De este modo, la escuela, formación y empleo configuran una tríada en la que por necesidades de supervivencia, cualquier pretensión de cambio en la relación de fuerzas rompe un equilibrio realista que pone en peligro la eficacia total del sistema. Al fin y al cabo los “agentes sociales” acuerdan que la educación de calidad actual se identifica con aquella que asegura el puesto de trabajo.

Parece indudable, de que a mayor nivel de estudios aumenta el número de oportunidades de conseguir empleo, lo que también muestra que la formación académica cuenta en alguna medida , aunque no se considere en si el valor formativo de la misma, según las demandas sociales, pero también confirma el hecho de que la selección funciona, haciendo creíble lo que la superficie puede interpretarse como sistema de oportunidades en la sociedad credencialista.

Los sistemas de evaluación escolar mantienen, más que objetivos formativos de carácter educativo, procesos políticos y sociales que alejan a la escuela de sus objetivos de desarrollo, de crecimiento, de autoafirmación, de emancipación, haciendo de la evaluación un mecanismo de exclusión y eliminación. La evaluación va clasificando y eliminando a los sujetos por medio de los mecanismos de que dispone: el examen aparece como el más visible, pero no es el único.

Justo cuando se analizan los fenómenos educativos, social e históricamente construidos desde una perspectiva política crítica más amplia, los mismos instrumentos que legitiman el sistema se muestran inadecuados para el desempeño de las funciones que se pueden reivindicar desde posiciones educativas progresistas más próximas al quehacer didáctico de los agentes que hacen la escuela día a día.

Las evidencias y la experiencia acumulada muestran que la evaluación formativa es difícilmente aplicable en las actuales estructuras escolares. Pero tampoco hay interés ni voluntad verdaderos de llevarla a cabo pues rompería un supuesto equilibrio de “selección natural” debida en parte a las naturales condiciones y a las naturales capacidades y a los naturales dones, y como tal, integrados en la inmutable naturaleza humana ya que genéticamente vienen dados.

Si se aplicara la evaluación en su dimensión formativa con todas las consecuencias que conlleva resultaría muy difícil que pudiera lograr la aceptación general pues llevaría a un cambio estructural en la relación de fuerzas tanto dentro como fuera de la escuela la evaluación se convertiría en factor desestabilizador, minando el poder establecido que la formula. Pero también minaría los intereses y las expectativas de padres y de alumnos que tienen puesta una esperanza en la nota.

Si aceptamos que en definitiva lo que permanece inalterable es la selección como valor social en el acto de evaluar, lo que media en todo el proceso se queda en palabras, la satisfacción de dejarlas decir, que el poder hasta parece generoso y magnánimo en esto de dejar hablar.

La evaluación como cultura escolar

El sistema de evaluación forma, dentro del sistema educativo, una cultura propia. Crea un lenguaje que la identifica en el contexto escolar: evaluación formativa, sumativa, normativa, criterial, interna, externa, global, continua, integradora, diagnóstica, iluminativa...

·         Habla de modelos de evaluación: de producto, de proceso, de toam de decisiones, de valoración del mérito, o del valor de algo, de juicio.
·         Origina tendencias: psicométrica, etnográfica, gerencial, educativa.
·         Ha surgido como un área independiente que cuenta con sus propios autores especializados y sus propios medios de comunicación.
·         Dispone de métodos y técnicas que caracterizan el área: exámenes, tests, pruebas objetivas, ensayo, observación, entrevista...
·         Tiene sus propios códigos de entendimiento implícitos.
·         Inventa símbolos de valor académico pero de alcance social muy amplio que representa supuestas realidades.
·         Acepta supuestos y principios de entendimiento implícito que justifican el propio discurso si bien no están debidamente verificados.
·         Elabora constructos temporales tomados como realidades palpables, dando por natural e inmutable lo que sólo es cultural o susceptible  de cambio.
·         Crea metáfora pedagógicas que se llenan de contenido válido para la inmediatez de la escuela en principio, pero con repercusiones de alcance social que trascienden el contexto donde y para el que se generan.
·         Desempeña funciones y fines específicos, según los documentos que vienen desarrollando las reformas.
·         Un análisis crítico de las funciones y de los fines propuestos nos puede descubrir las fuertes contradicciones que ocultan.
·         Quienes elaboran los discursos de las reformas cuentan con sujetos llamados a realizar grandes proyectos y a poner en práctica grandes ideales.

Los resultados de la evaluación han llegado a ser más importantes que el propio proceso de aprendizaje en sí mismo, al servicio del cual, supuestamente, debe actuar, distorsionando a la vez las prácticas de evaluación sobre todo cuando no se tiene en cuenta el contexto social más amplio donde éstas adquieren sentido y donde se ven sometidas a un cúmulo de profesiones y contradicciones considerables.

Tomar conciencia en la enseñanza es un acto necesario de permanente vigilia ante el que no se puede bajar la guardia si uno no quiere caer en las trampas que rodean tanto ritual de la confusión y se resiste incluso ante quienes toman decisiones políticas con argumentos de razón crítica que no de sumisión o de resignación ante la “inevitable levedad” de quien menos poder tiene.

Las funciones formativa y sumativa como metáfora pedagógica (síntesis de las contradicciones y encubrimiento del engaño)

Una de las primeras paradojas que a fuerza de repetirla resulta ya tan familiar y se va aceptando como natural en los discursos por más que la práctica no corrobora la diferenciación, surge al querer congeniar las funciones formativa y sumativa de la evaluación, tan introducidas y asentadas  en la cultura pedagógica , aunque en la práctica sólo se identifica y sólo cuenta la evaluación sumativa, que es la que queda, sobre ella se legitiman las decisiones que se toman.

Formativa y sumativa son términos que permanecen vacíos en cuanto que no están ligando a una concepción específica de la educación ni están contextualizados dentro de una concepción curricular más amplia, ni tienen más implicaciones y alcance que la conveniencia que prestan como recurso metodológico que facilita el análisis por una parte y la distribución técnica por la otra.

El lenguaje que se ha utilizado en la evaluación es esencialmente metafórico, cuando no técnico, y en muchos casos equívoco, cuando no tramposo, porque quiere ser neutral. Lo sustantivo pertenece a la esferal de lo oculto, de la suposición, se decide en otras instancias, adquiere el verdadero valor fuera del aula , por más que sea el aula el lugar visible donde podemos encontrar los primeros engarces que nos permitan el análisis crítico y constructivo de la situación dada.

La calificación se convierte en valor en el que se confía que abra las puertas para conseguir el éxito , que puede ser un puesto de trabajo para unos, un filtro de exclusión irremediable para la movilidad social o académica para otros. La evaluación formativa, en tanto vericueto metafórico, se disuelve con las palabras y sólo queda como recurso persuasivo para el aula, atrapada por la lógica y la dinámica del proceso de selección.

Lo que aumenta las diferencias entre las funciones sumativas y las funciones formativas, son las exigencias y las consecuencias de una y otra en la práctica, y más aún, de cara para cumplimentar lo dispuesto desde puntos de vista no compatibles. Ambas participan en un mismo proceso pero en tiempos, en modos, funciones y fines distintos, variando igualmente, el alcance de cada una de ellas.

La evaluación formativa es (debería ser) parte integrante del mismo proceso de enseñanza y de aprendizaje, mientras que la evaluación sumativa hace referencia a etapas concluyentes determinadas.

Siendo varias cosas a la vez, la evaluación desempeña varias funciones y necesita ser considerada a la luz de las funciones educativas que pretenda desempeñar. Según las diferentes funciones que desempeñe o se le exijan a la evaluación tendrá que adoptar unas formas u otras, lo que lleva a pensar en una pluralidad de métodos y de conocimiento.

El examen como artificio de selección: la perpetuación de la irracionalidad como razón azarosa

Es evidente que el mantenimiento del examen en el sistema educativo viene bien para una gran mayoría de personas conforme con los resultados que produce y que tienen interés en seguir manteniendo las funciones que desempeña porque sirve a unos fines sociales que van más allá de la escuela. Incluso también dentro de ella viene bien mantener el examen porque actúa como medio de control  disciplinar y de autoridad frente a los demás.

Para entender la permanencia del examen y el sistema de calificaciones que suele conllevar es necesario descubrir el significado político de la evaluación en la distribución de poder en la escuela y a través de la escuela, pero con interés de consumo fuera de la misma, con las miras puestas en una sociedad que se mueve sobre bases meritocráticas para la distribución de roles ocupacionales.

La evaluación es conservadora porque trata lo educativo como dado y trabaja con presupuestos y previsiones sobre el rendimiento de los alumnos como dados, que no fabricados, antes de echar a andar, como si el sistema de selección se diera por sentado sin haber intentado previamente hacer las cosas con el ánimo de que pueden ser o pueden hacerse de otro modo.

Necesitamos crear entre todos una cultura pedagógica común comprometida con el cambio y la innovación. La escuela debe ser la unidad primaria de coordinación y apoyo. Hacerlo o no es cuestión de honestidad profesional.



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Con este contenido debe desarrollar una presentacion en prezi, para lo cual pueden elaborar equipos de tres personas.

Fecha de entrega: Lunes 23 de Septiembre del 2013.




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